Y China eclosiona en flor

 

A semejanza de esas plantas que guardan durante el invierno la savia y los recursos que luego utilizarán en primavera para florecer en todo su esplendor, la economía y la sociedad China han estado años esperando para su actual momento.

En efecto, después de décadas de ahorro y trabajo duro, la economía china está preparada para pasar al siguiente nivel. Durante la segunda mitad del siglo XX y los primeros años del XXI China ha hecho un esfuerzo inmenso en trabajo y ahorro. Millones de trabajadores contribuían al esfuerzo nacional con largas jornadas de trabajo, bajas tasas de consumo y altas tasas de ahorro, es así como se fueron creando los primitivos capitales chinos para el gran impulso actual. Cuando la inversión extranjera empezó a llegar a China ésta se encontró una mano de obra que cobraba muy poco, consumía muy poco y trabajaba mucho. Por decirlo así aquellas generaciones de chinos dejaron para sus hijos el poder consumir toda la riqueza que ellos estaban generando.

En un país con tal estructura de ahorro, consumo y trabajo, necesariamente la fuente principal de ingresos había de ser la exportación y no el consumo interno (que era débil, debido al ahorro que a pesar de sus bajos salarios acumulaba China). Pero a partir de la segunda década del siglo XXI China ha decidido cambiar su modelo económico hacia lo que se ha dado en llamar el “new normal”. En este nuevo paradigma económico China agregará a ser la fábrica del mundo el ser también el laboratorio, el centro de convenciones y de negocios. Se trata de conseguir que la imagen de China se modernice al mismo tiempo que la calidad de sus exportaciones empieza a igualar o superar las del primer mundo.

La economía del alto valor añadido, el poder de los mercados financieros, el valor de know how, la importancia del diseño, la cuarta revolución industrial, las nuevas tecnologías, el imparable desarrollo de nuevas profesiones en el sector servicios, los nuevos desafíos militares de un mundo multipolar, la lucha contra el cambio climático, etc. todos estos retos no pueden resolverse sin una concentración especial en los factores de alto desarrollo tecnológico, diseño de vanguardia (no sólo estético sino también a nivel funcional) y velocísimo cambio de paradigmas económicos y sociales. Todas estas fuerzas poderosísimas que están marcando la entrada de la humanidad en una nueva era, que va desde la economía colaborativa hasta la biotech, pasando por los ordenadores cuánticos o los avances aeroespaciales, están confluyendo hacia China y encontrando en ella su centro casi natural. Localidades como Shenzhen están desbancando a lugares emblemáticos como Silicon Valley en el ritmo y la importancia de la creación de sus empresas punteras y en las transformaciones sociales que están generando.

El gigante asiático no se conforma con imitar los modelos occidentales, en los que se necesita una enorme inversión para pelear por el mismo pastel que sus otros competidores globales, se ha dado cuenta de que necesita ir por delante en el proceso de creación de una nueva economía y sociedad que sólo pueden sobrevivir y triunfar, no mediante el sistema de evolución continua y perfeccionamiento gradual que seguimos en occidente desde el siglo XIX, sino desde el paradigma de la revolución permanente hacia lo desconocido, dejándonos sorprender por un futuro cuyo único límite será lo que seamos capaces de soñar. Obviamente ese poderoso impulso necesita enormes tasas de inversión pero que podrán ser recuperadas si el mercado interior chino sigue creciendo al ritmo que lo está haciendo y que permitirán a la China del siglo XXI liderar la economía, la tecnología y la humanidad global.

Algo está pasando en el mundo que implica una enorme fusión entre capital, diseño y tecnología en todos los ámbitos en los que podamos pensar, y de manera irresistible, cada vez más, ese futuro pasa por en China.

 

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